miércoles, 11 de diciembre de 2013

El Libro de la Selva de Rudyard Kipling

Se encontró frente a él. Estaba apoyado ligeramente en una rama baja. Era un niño moreno. Apenas podía andar. Era precioso, apretado de carnes, fino, desnudo, una criatura perfecta. Jamás se había presentado algo semejante ante la cueva de un lobo. El niño lo miró y se rió tranquilamente, sin miedo alguno.
- ¿Es eso un cachorro de hombre?- dijo Madre Loba-. Es la primera vez que veo uno. Tráemelo.
Un lobo está acostumbrado a mover a sus pequeños. Los lleva de un lado a otro. Hasta puede transportar un huevo en la boca sin romperlo. Las dos mandíbulas se cerraron sobre la espalda del niño, que no sufrió el mínimo rasguño. Estaba perfectamente cuando fue colocado entre los lobatos.